Cartas de un ESTOICO: Las 124 cartas de Séneca a Lucilio (Spanish Edition)
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Nadie cuida de vivir bien, sino de vivir mucho tiempo, a pesar de que todos pueden vivir bien y nadie puede vivir mucho.
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emplea bien todas las horas y menos necesitarás del porvenir cuanto mejor trabajes en el presente.
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no contemplo pobre al que se contenta con lo que le queda.
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Te deseo, sin embargo, que conserves lo poco que tienes y que comiences desde temprano; porque, como decían nuestros mayores, inútil es la economía cuando no queda ya nada.
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El que está en todas partes, no está en ninguna. Los que viajan sin cesar, tienen muchos huéspedes y ningún amigo.
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Pero si es regocijada, no es pobreza: porque no es pobre el que tiene poco, sino el que desea más de lo que tiene.
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¿cuál es el límite de la riqueza? El primero es tener lo necesario y el segundo lo suficiente.
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si tienes un amigo en quien no confíes tanto como en ti mismo, o te engañas profundamente o no conoces la fuerza de la verdadera amistad.
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Después de la amistad, todo se debe creer; antes, todo debe deliberarse.
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Gentes hay que, invirtiendo el orden y en contra de los preceptos de Teofrasto, examinan después de amar y cesan de amar cuando han examinado.
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Inspira deseos de engañar el temor de ser engañado y parece se concede el derecho de cometer falta a aquel que se supone capaz de cometerla.
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tan vicioso es confiar en todos como no confiar en ninguno.
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Ningún bien aprovecha a quien lo posee si no está decidido a perderlo cuando sea necesario.
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nada puede perderse con menos sentimiento que aquello que no puede desearse después de perdido.
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Desconfía de la tranquilidad presente: el mar cambia en un momento, las naves se sumergen en el mismo punto en que poco antes habían encallado.
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«La pobreza que está conforme con la ley de la Naturaleza es grande opulencia».
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Tenemos en las manos lo que nos basta. El que se acomoda a la pobreza es rico.
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Procuremos que nuestro exterior esté conforme con el pueblo y que el interior no se le parezca en nada.
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Que nuestra toga no sea espléndida ni sórdida. No tengamos platos de oro cincelado, pero no creamos que es prueba de templanza privarnos de oro y plata en nuestra mesa.
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La filosofía nos obliga a la frugalidad y no al sufrimiento,
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Grande es aquel que usa platos de barro de la misma manera que los de plata, pero no es más pequeño aquel que de la misma manera usa la plata que el barro.
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la memoria nos reproduce el tormento del temor y la previsión lo anticipa. Nadie se aflige solamente por el mal presente.
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el camino es más corto y eficaz por los ejemplos que por los preceptos.
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La conversación de muchos nos es dañosa. Se encuentra siempre alguno que favorece el vicio, que nos lo imprime o desliza. Cuanto mayor es la multitud en que nos mezclamos, más grande es el peligro.
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Pero nada es tan perjudicial para las buenas costumbres como detenerse mucho tiempo en los espectáculos públicos, porque el placer que se experimenta en ellos hace que se insinúe con mayor facilidad el vicio.
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Es necesario que imites u odies, y sin embargo, es preciso evitar lo uno y lo otro, porque no te has de hacer igual a los malvados porque son muchos, ni hacerte enemigo del mayor número porque no se te parecen.
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Recógete, pues, en ti mismo tanto cuanto puedas; busca a aquellos que pueden hacerte mejor y recibe también a aquellos a quienes puedas tú mejorar. Esto es recíproco: los hombres aprenden cuando enseñan.
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Bien hizo aquel, sea quienquiera (porque no se sabe quién es el autor), que respondió con mucha oportunidad al que le preguntó para qué servía el exquisito refinamiento de su arte, en atención a que muy pocos podrían comprenderlo: «Me bastan pocos, me basta uno, me basta ninguno».
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«Las cosas que creo no son para todo el mundo; no son más que para ti sólo, porque uno y otro somos recíprocamente teatro bastante grande».
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desprecies el agasajo de los aplausos que parten de considerable número de personas. Muchos te estiman. Pues bien: ¿existen en ti todas esas cosas que tanto te alaban y agradan a la muchedumbre? Aprovéchalas para mejorar tus bienes interiores.
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Trabajo para la posteridad, escribiendo aquello que puede serle útil: mando al papel consejos saludables, como se hace con la composición de útiles medicamentos, cuyos efectos conozco por haberlos aplicado a mi propio mal, que si bien no se ha curado por completo, tampoco ha aumentado.
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«Evitad todo lo que agrada al vulgo, todo lo que concede la casualidad y considerad sospechosos todos los dones de la fortuna. A los animales y a los peces se les engaña con apetitoso cebo y ese cebo es un lazo».
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El que quiera vivir con seguridad que evite cuanto pueda beneficios tan falaces, porque engañados miserablemente en ellos, al creer que los cogemos nos encontramos cogidos.
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Observad este saludable método de vida y no concedáis al cuerpo más que lo necesario para la salud. Indispensable es tratarlo con alguna dureza, no sea que no se someta bastante al espíritu: no comáis más que para matar el hambre y no bebáis más que para apagar la sed: no busquéis en el traje otra cosa que el preservativo del frío, ni más en vuestra casa que lo indispensable para poneros al abrigo de las injurias del tiempo.
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Ajeno es todo lo que por deseo obtenemos.
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No es tuyo lo que fortuna te dio.
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Arrebatarse puede lo que se pudo dar.
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Nuestro sabio se sobrepone en verdad a todos los sufrimientos, pero los siente; aquéllos no sienten ninguno.
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Tenemos, sin embargo, de común con ellos, que nuestro sabio está contento consigo mismo y no obstante le agrada tener un amigo, un vecino, un compañero, aunque se baste a sí mismo.
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No desea lo que le falta, pero indudablemente se alegraría de que no le faltase nada.
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El filósofo Atalo acostumbraba a decir: que le agradaba más hacer un amigo que haberlo hecho, como le es más agradable a un pintor hacer un cuadro que haberlo hecho.
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El que pensando en sí mismo contrae amistad obra mal y concluirá como ha comenzado. Se ha hecho un amigo para que le asista en las cárceles y por su parte, en cuanto oiga el ruido de la cadena, se retirará.
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El amigo que se elige por interés será agradable mientras sea útil. Por esta razón ves multitud de amigos alrededor de los afortunados y soledad en torno de los desgraciados:
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¿Por qué me hice un amigo? Para tener alguien por quien morir, a quien acompañar al destierro y defender de la muerte a expensas de mi propia vida.
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Las manos, los ojos y otras muchas cosas de uso cotidiano convienen al sabio, pero no le son indispensables, porque esta palabra implica necesidad y el sabio no necesita nada.
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Mientras puede dirigir sus negocios según su gusto está contento consigo mismo y no necesita a nadie; se casa y tiene hijos, aunque puede vivir contento sin esto.
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Este filósofo, después de la toma de su ciudad natal, después de la pérdida de su mujer y sus hijos, retirándose del incendio general, solo y contento, contestó a Demetrio Poliorcetes, que le preguntaba si no había perdido nada: «Llevo conmigo todos mis bienes».
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Llevo conmigo todos mis bienes, es decir: la justicia, la virtud, la prudencia, la templanza y la hermosa resolución de no estimar como bien aquello que puede ser arrebatado.
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«Si alguno no cree completos sus bienes, es miserable aunque posea toda la tierra».
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Solamente es feliz el que cree serlo.
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¿Qué importa el estado que tengas si te parece malo? ¿Qué importa que ése, torpemente rico, y aquel otro, que tiene tantos criados, pero que tiene mayor número de amos, digan que son felices? ¿Lo serán acaso por ello? No debe atenderse a lo que dicen, sino a lo que sienten; no a lo que piensan un día, sino a lo que piensan continuamente.
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«Cree que estarás libre de todo deseo cuando hayas llegado al punto de no pedir a Dios nada que no puedas pedirle en público».
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Cuida, pues, de que no haya que decirte: vive con los hombres como si Dios te mirase; habla con Dios como si los hombres te oyesen.
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«Es necesario proponernos como modelo algún hombre honrado y tenerlo constantemente delante de los ojos, a fin de vivir como si estuviese presente y hacerlo todo como si nos contemplase».
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Proponte a Catón, y si te parece demasiado austero, toma a Lelio, que es de carácter más dulce; elige en fin aquel cuya vida y discursos te hayan agradado más, y haciéndote un retrato de su espíritu y semblante, contémplalo en toda ocasión, bien para consejo, bien para ejemplo. Repito que necesitamos un modelo al que se ajusten nuestras costumbres. Lo malo no lo corregirás sino con una regla.
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Lo más exquisito de los placeres del hombre está reservado a su fin. La edad avanzada, pero que aún no es decrépita, es muy agradable y hasta creo que el que ha llegado a la extremidad tiene sus placeres, o al menos le sirve de placer el no necesitarlos ya.
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«Desagradable es —dirás— tener siempre la muerte delante de los ojos»; pero los jóvenes deben tenerla tan presente como los ancianos, porque no se nos llama por turno, y además nadie es tan viejo que no pueda esperar vivir un día más.
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Lo que aquel hizo por desenfreno, hagámoslo por razón y cuando vayamos a acostarnos digamos alegremente: He vivido. Recorrí la carrera que me deparó la fortuna. Si Dios da el día siguiente, recibámoslo con alegría; aquel es feliz y sabe gozar de la vida, pues espera el mañana sin inquietud. El que dice he vivido, diariamente gana.
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aquellos que tienen en cuenta, no lo que se ha dicho, sino quién lo ha dicho, sepan que lo bueno es común.
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Existen muchas más cosas, querido Lucilio, que nos causan miedo que cosas que nos hacen daño, y muchas más veces estamos malos de aprensión que de realidad.
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solamente te aconsejo que no padezcas prematuramente, porque lo que temes como muy cercano, tal vez no llegará jamás; y por lo menos es cierto que no ha llegado aún.
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De aquí procede que no haya temores más peligrosos que los que se llaman pánicos; porque si los otros no tienen razón de ser, éstos carecen hasta de conocimiento.
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¿Es verosímil un mal futuro? De aquí no se deduce que sea verdadero. ¿Cuántas cosas que no se esperaban han sobrevenido? ¿y cuántas que se esperaban no han ocurrido?
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La fortuna adversa tiene tantas ligerezas como la favorable; quizá suceda, quizá no; y mientras no ocurra, espera lo mejor.
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«El necio, además de sus defectos, tiene el de comenzar constantemente a vivir».
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Obremos, pues, como sabiendo que no debemos vivir para el cuerpo, pero que no podemos vivir sin él.
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evitemos cuanto podamos no solamente los peligros, sino también las molestias, y procuremos ponernos en seguridad por los medios que estimemos más propios para protegernos de las cosas que debemos temer, y que, si no me engaño, son de tres clases, a saber: pobreza, enfermedades y opresión de los poderosos; pero esta última es la que más nos mortifica, porque viene acompañada de ruido y tumulto.
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Por esta razón el sabio no debe atraerse el odio de los poderosos, sino que, por el contrario, debe evitarlo como un escollo.
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La misma conducta observa el sabio; evita los poderes que podrían dañarle, empleando precaución para no mostrar que los evita; porque nuestra seguridad depende en parte de no huir abiertamente, ya que se condena todo aquello de que se huye.
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Muy pocas personas hay que derramen sangre por derramarla y se encuentran más codiciosos que enemigos: el ladrón deja pasar al que nada tiene que perder y el pobre marcha en paz por camino lleno de soldados.
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Tres cosas hay que evitar además, según la antigua máxima: el odio, la envidia y el desprecio.
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Algunas veces perecen los inocentes, ¿quién lo niega? Pero con más frecuencia los malos. No deja de ser buen esgrimidor el que ha recibido algunos golpes en la guarnición de la espada.
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En fin, el sabio considera en toda ocasión lo que emprende y no lo que sobrevendrá. Somos dueños de nuestros intentos; la fortuna ordena los resultados y la verdad, jamas me someteré a sus juicios.
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El que necesita las riquezas teme perderlas; ahora bien, el goce de una cosa que causa pena no satisface al propietario; constantemente quiere aumentarla y mientras piensa en el aumento, no atiende a gozarla; se rinde cuentas a sí mismo; litiga, registra su diario y de dueño se convierte en administrador.
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Beber y sudar es vida de enfermo. Existen ejercicios cortos y tranquilos que desarrollan el cuerpo y no ocupan demasiado tiempo, cosa que debe tenerse muy en cuenta. Ejemplos: la carrera, los movimientos de manos cargadas de peso, el salto arriba o a distancia, o el llamado saliano, o hablando con más libertad, de batán: elige de estos ejercicios el que más te agrade y el uso te lo hará fácil.
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Recuerda, querido Lucilio, los bienes que has adquirido, y en vez de considerar cuántas personas hay sobre ti, cuenta cuántas hay debajo. Si quieres ser grato a los dioses y a tu propia condición, piensa a cuántos te has adelantado. Mas ¿para qué has de pensar en los otros si te has adelantado a ti mismo?
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la filosofía nos ayudará siempre; nos animará para que nos sometamos voluntariamente a Dios, para resistir constantemente a la fortuna, para seguir los mandatos de la providencia y para soportar los golpes del acaso.
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«Si vives según la Naturaleza, nunca serás pobre; si vives según la opinión, nunca serás rico?»
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Los deseos de la Naturaleza son limitados; los que nacen de falsa opinión no saben dónde detenerse,
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Apártate, pues, de toda vanidad y cuando quieras saber si lo que deseas es según la Naturaleza, contempla si puede detenerse en algún punto. Si habiendo avanzado mucho quiere todavía avanzar más, no será natural.
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Prescinde de todas las cosas si eres sabio y principalmente para que lo seas más.
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¿Por qué has de rehusar su compañía, puesto que hasta el rico prudente la imita? Si quieres dedicarte al estudio, es necesario que seas pobre, o al menos que te parezcas al que lo es; porque para estudiar con provecho se necesita la sobriedad, que es pobreza voluntaria.
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«No tengo bastante todavía y si puedo reunir tanto, entonces me dedicaré por completo a la filosofía». Y sin embargo, nada hay que debas adquirir antes que lo que quieres dejar para lo último; por esto debes empezar. «Quiero —dices— reunir antes lo necesario para vivir». Aprende al mismo tiempo cómo debes reunir. Si algo te impide vivir bien, no te impedirá morir bien.
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«Muchas gentes hay que no encuentran el fin, sino solamente el cambio de sus miserias en las riquezas que adquieren».
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importa poco que acuestes a un enfermo en lecho de oro o de madera, porque en uno y en otro le acompaña la enfermedad; así importa poco que un ánimo enfermo se encuentre en medio de riquezas o en la miseria, porque su mal le seguirá a todas partes.
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Por lo demás, tanto deseo probar la firmeza de tu alma que te aconsejo, según el precepto de grandes personajes, dediques algunos días en los cuales, contento con poca y malísima comida y miserablemente vestido, puedas decir: «¿Es esto lo que tanto temía?»
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pretendo que no tengas más que un jergón, un saco burdo y sórdido y pan duro: hazlo así tres o cuatro días, y algunas veces más, con objeto de que no sea esto un juego, sino verdadera prueba.
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Pero no te figures entonces que has hecho algo extraordinario; porque no habrás realizado nada que muchos millares de esclavos y muchos millares de pobres no hagan todos los días. Solamente debes congratularte por haberlo hecho sin verte obligado a ello y siempre te será tan fácil soportar todo esto como ensayarlo algunas veces.
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Seremos ricos con menos temor cuando sepamos que no es mal tan grande ser pobre.
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Solamente es digno de Dios el que desprecia las riquezas. No te prohíbo que las poseas, pero quiero que las poseas sin inquietud; lo cual conseguirás si te persuades de que no dejarás de vivir dichoso sin ellas y si las consideras siempre como próximas a perderse.
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«Debes cuidar de aquellos con quienes tengas que comer y beber antes de ver qué vas a beber y a comer, porque saciarse de viandas sin la compañía de un amigo es vida de león o de lobo».
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Si prestas una cantidad pequeña, te haces un deudor; si prestas una grande, te haces un enemigo. «¿Acaso no servirán los beneficios para crear amigos?» Sí, sirven para ello, si has sabido elegir personas dignas de recibirlos; si has dado con discernimiento y no a la aventura. Así, pues, mientras ordenas tu conducta, sigue el consejo de los sabios y atiende menos a lo que das que a quien lo recibe.
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no digo que el sabio deba caminar siempre al mismo paso, pero sí por el mismo camino.
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Existen algunos que se comprimen mucho dentro de su casa y se ensanchan cuando están fuera; esta desigualdad es un defecto que revela espíritu vacilante cuya conducta no es firme todavía.
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¿Qué es la sabiduría? Querer siempre la misma cosa o rechazarla siempre.
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«Pero ¿qué será —me dirás— de este considerable número de familiares?» Cuando tú no les alimentes se alimentarán ellos mismos, y en cuanto a los demás, tu pobreza te hará conocer lo que nunca hubieses podido saber por tus beneficios: porque tus amigos verdaderos permanecerán a tu lado y se retirarán los que no te seguían por ti, sino por tu riqueza.
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«Tus palabras tendrán seguramente más autoridad cuando las pronuncies en un lecho de paja y con burdo vestido, porque no solamente serán dichas, sino también probadas».
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el jergón y la tela burda serían mala prueba de la virtud del hombre, puesto que es necesario saber si este hombre se acomoda a ese estado por necesidad o por elección.
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Por esta razón considero que es conveniente elegir algunos días para disponernos a la verdadera pobreza por la práctica de la pobreza voluntaria, como lo hicieron frecuentemente los grandes personajes que antes cité; cosa mucho más necesaria en este tiempo en que las delicias han producido tanta molicie que consideramos insoportables hasta las menores incomodidades.
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Nadie nace rico; al que viene a la luz se le ordena contentarse con un poco de leche y un poco de lienzo; y con tales principios, después no nos bastan reinos.
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«Si quieres hacer rico a Pythocles, no debes aumentar sus tesoros, sino disminuir su codicia».
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Recuerdo con gusto importantes sentencias de Epicuro, para demostrar a aquellos que buscan en este escritor pretextos para excusar sus desórdenes, que deben vivir bien donde quiera que se encuentren.
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Pero el vientre no escucha mandatos; pide y grita, aunque no es acreedor molesto, con tal de que le otorgues lo que solamente le debes y no todo lo que puedes.
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El proverbio antiguo dice que «el gladiador debe tomar consejo en la arena»: el semblante de su enemigo, el movimiento de su mano, la actitud de su cuerpo le advierten lo que debe hacer.
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Examina a esas personas que deploran las cosas que han deseado ardientemente y que hablan con tanta indiferencia de aquellos bienes cuya pérdida más pequeña no podrían soportar; verás que se adhieren con complacencia a todo aquello que dicen serles costoso. Así es, querido Lucilio; existen más esclavos voluntarios que forzosos. Pero veo claramente que deseas de veras la libertad y que intentas conseguirla.
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Ha llegado al grado más alto aquel que sabe de qué debe regocijarse y no hace depender su felicidad de poder ajeno.
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Los metales comunes están cerca de la superficie de la tierra; los preciosos solamente en lo hondo y aparecen a medida que se profundiza más.
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Te ruego, querido Lucilio, que hagas lo que puede producirte la felicidad; no te fijes en las apariencias exteriores ni en las promesas de otros, busca el verdadero bien y goza el tuyo.
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bueno. Solamente la codicia del verdadero bien es segura. ¿Me preguntarás en qué consiste y qué lo produce? Te contestaré que la buena conciencia, rectas intenciones, honestos consejos, acciones virtuosas, desprecio de lo fortuito y un género de vida tranquilo y constantemente igual.
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Si quieres desechar toda inquietud, proponte como acaecido todo cuanto temes que te ha de acontecer y por la magnitud de este mal ordena tu temor: entonces verás claramente que o no es grande o no durará mucho aquello que temes.
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Sócrates discutía durante su prisión y cuando se le ofreció escapar, se negó, permaneciendo allí para quitar a los hombres el temor de los dos males más grandes: la muerte y la prisión.
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Atiende ante todo a separar las cosas del tumulto que ellas mismas forman y a considerarlas en sí mismas; verás entonces que no tienen de terribles más que el miedo que inspiran.
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¿Llegaré a ser pobre? Me encontraré entre muchos. ¿Desterrado? Supondré que he nacido allí donde me manden. ¿Encarcelado? ¿qué importa? ¿estoy libre ahora? Ligado estoy al cuerpo, que es naturalmente pesado. ¿Moriré? Debes decir en este caso: ya no puedo estar enfermo, ni preso, ni morir otra vez.
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Así como la última gota no vacía el reloj de agua, sino todas las que le precedieron, así también no es la última hora la que hace la muerte, sino la que la termina; entonces llegamos, pero hacía mucho tiempo que nos encaminábamos a ella.
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que la muerte que tenemos no es la única que existe, sino solamente la última.
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Todo pasa para volver después; ni veo ni hago nada nuevo: ¿no ha de producir hastío alguna vez todo esto? Por esta razón consideran algunos que si vivir mucho no es desagradable, al menos, es superfluo.
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En cuanto a ti, continúa siendo fuerte y generoso y haz la maleta. Nada de lo que poseemos nos es necesario. Volvamos a la ley de la Naturaleza; las riquezas están preparadas. Gratuito es lo que necesitamos o vale poco.
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«Hazlo todo como si alguien te contemplase».
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Muy útil es sin duda tener alguien al lado a quien consideres como presente a todas tus acciones, pero es mucho más honroso vivir como si te encontrases en presencia de un hombre íntegro. Contento quedaría si todo lo hicieses como si te contemplase alguien.
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«Retírate dentro de ti mismo, sobre todo cuando necesites compañía», pero si eres varón bueno, pacífico y moderado: no siendo así, sal de ti, ve con los demás y no estarás peor acompañado.
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El que sabe morir, no sabe servir, y si no está por encima, al menos está más allá de todos los poderes. ¿Qué valen contra él todas las cadenas y cárceles si tiene siempre una puerta libre? Una cadena solamente nos sujeta; el amor a la vida, que no debe extinguirse, pero sí moderarse, con objeto de estar siempre dispuestos para, en caso necesario, hacer en el acto lo que hemos de hacer alguna vez.
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Cuenta tus años y te avergonzarás de desear hoy lo mismo que cuando eras niño; procúrate la satisfacción de ver morir tus vicios antes que tú. Abandona los torpes placeres, que tan caros cuestan, que perjudican más como pasados que como venideros.
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Así como dejan inquietud los crímenes, aunque no se descubrieran cuando se cometieron, así también los placeres torpes dejan pesar cuando nos encontramos hartos de ellos.
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El buen espíritu no se presta ni se compra y hasta creo que si se pudiese vender no tendría comprador; lo malo se compra todos los días.
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Aunque cruces los mares y, como dice Virgilio, «se alejen tierras y ciudades», tus pasiones te seguirán a todas partes.
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¿Preguntas por qué son vanas esas correrías? Porque huyes contigo mismo. Es necesario que alivies tu espíritu del peso que lleva; de no ser así, no encontrarás placer en ninguna parte.
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Pero cuando te hayas curado de ese mal, todos los parajes te serán agradables. Aunque te relegasen al extremo del mundo o te confinasen en el seno de la barbarie, te encontrarías bien donde quiera que establecieses tu morada: esto depende más del huésped que de la casa;
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Es necesario vivir persuadidos de que no hemos nacido para quedar fijos en punto determinado: mi patria es todo el mundo. Si te penetras bien de esto, no te extrañará que habiéndote hecho partir de un punto el tedio, no te encuentres más satisfecho en otro; porque el primero no te hubiese desagradado si estuvieras persuadido de que perteneces a todos los países.
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porque el que no sabe que peca, no puede corregirse; siendo necesario conocerse antes de enmendarse.
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Algunos se glorían de sus vicios. ¿Crees que podrán enmendarse aquellos que los consideran virtudes?
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Sé primero tu acusador, después tu juez; pide perdón alguna vez y alguna vez también castígate.
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¿Cómo ha de agradar al pueblo el que ama la virtud? El favor popular solamente se adquiere por malos medios. Es necesario que te hagas igual a él; de no ser así, no te reconocerá ni podrás agradarle.
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El cariño de la gente baja solamente con bajas acciones puedes granjearlo.
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¿De qué servirá esa filosofía que tan alto eleva y que se prefiere a todas las artes y a todos los bienes? Servirá para que cuides más de agradarte a ti mismo que de agradar al pueblo; para pesar y no contar los juicios cuando los examines; para que vivas sin miedo a los dioses ni a los hombres; para vencer las adversidades o para terminarlas.
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si te veo elevado por los votos del pueblo; si al entrar en el espectáculo te saludan aplausos y aclamaciones; si las mujeres y los niños cantan tus alabanzas por la ciudad, ¿cómo no he de compadecerte cuando sé por qué camino se consiguen esos favores?
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Entre éstos se encuentra Basso, que no quiere que nos engañemos y dice que tan poca razón hay para temer la muerte como para temer la vejez; porque así como la vejez sucede a la edad viril, así la muerte sucede a la vejez.
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Parece que no ha vivido el que no quiere morir, porque solamente con la condición de morir se le ha concedido la vida.
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Demencia es, por tanto, asustarse de la muerte, puesto que no debe asustar lo incierto y lo cierto debe esperarse. La muerte es igual para todos y necesariamente inevitable. ¿Quién puede quejarse de una ley que a nadie exceptúa?
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Ves que algunos desean la muerte con más ahínco que otros piden la vida. Ignoro si muestra más valor el que pide la muerte o el que la espera con tranquilidad; porque a lo primero se suele llegar por movimiento de ira y despecho, y lo otro no puede hacerse sino por deliberación segura y tranquila.
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No tememos la muerte, sino la idea de la muerte, porque siempre la tenemos igualmente cerca. Si se hubiese de temer la muerte, habría que temerla sin cesar, porque ¿qué tiempo está exceptuado para ella?
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Serás completamente sabio si te tapas los oídos, no como Ulises mandó hacer a sus compañeros, sino con algo más fuerte y espeso; porque la voz que aquéllos temían era dulce en verdad, pero no pública y la que tú has de temer no parte de un punto solo, sino de todos los ángulos de la tierra.
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No te detengas, pues, en ninguna comarca, ni tampoco en esas ciudades que te serán sospechosas de molicie y desorden; hazte sordo a la voz de tus mejores amigos. Con buena intención desean éstos cosas muy malas, y, para ser feliz, ruego a los dioses que no ocurran las cosas que desean tus amigos.
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El trabajo alimenta a las almas generosas.
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Bien sé que tus padres te desearon cosas harto diferentes de éstas, por cuya razón hago yo hoy por ti votos contrarios; te deseo desprecio generoso de todas las cosas cuya abundancia quisieron para ti; sus deseos arruinarían a muchos para enriquecerte, porque lo que te darían sería necesario quitárselo a otros.
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Únicamente quiero que te poseas y que tu espíritu, después de larga agitación de vagos pensamientos, se detenga al fin y permanezca fijo; que estés satisfecho de ti mismo y que, conociendo los verdaderos bienes (que basta conocer para poseer), no necesites prolongar tu edad. Aquél, en fin, es superior a todas las necesidades y se encuentra franco y libre, que vive después de terminar su vida.
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No se reputa bella una mujer por tener la pierna o el brazo bien formados, sino cuando, sin considerar ninguna de sus partes, se forma buena idea de todo su cuerpo.
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Que se alimente por sí mismo, que diga y no recite, porque no está bien que un anciano o un hombre avanzado en edad hable de memoria. Zenón dijo esto, ¿y tú? Cleanto esto otro, ¿y tú? ¿Hasta cuando te ha de guiar otro? Habla por ti mismo, di algo que te sea propio.
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Esto me hace creer que esas personas que siempre son intérpretes y nunca autores, y que se cubren con la sombra de otro, no tienen valor, puesto que nunca se atreven a hacer lo que por tanto tiempo han estudiado. No aprenden más que para ejercitar la memoria.
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Una cosa es recordar y otra saber; recordar es conservar lo que se ha confiado a la memoria; saber, por el contrario, es apropiarse una cosa, no necesitar ya auxilio ni mirar al maestro.
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«¿Cómo? ¿no seguiré las huellas de los antiguos?» Me serviré de su camino, pero si encuentro otro más corto lo tomaré.
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El espíritu no es completamente recto cuando son discordantes sus acciones.
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Así es que la amistad siempre aprovecha; y, por el contrario, el amor suele ser perjudicial.
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Cuando quieras experimentar si has aprovechado, considera si quieres hoy lo mismo que querías ayer: el cambio de deseo es señal de espíritu flotante que vaga aquí y allá a merced del viento.
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Lo que está fijo y bien fundado no se mueve jamás. Esta firmeza se encuentra completa en el sabio, pero no es tan grande el que no es tan perfecto. «¿En qué se diferencian?» Éste se mueve, vacila aunque no cambia de puesto; aquél no se conmueve jamás.
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Aristón decía «que prefería un joven grave a otro alegre y amable; que el vino áspero cuando es nuevo se hace bueno con el tiempo, pero el que es agradable desde el principio no puede conservarse».
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Si tanto deseo tienes de vivir, piensa que no perece nada de lo que vemos desaparecer de nuestra vista, sino que vuelve al seno de la Naturaleza para salir muy pronto. Todo concluye, pero nada perece.
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que los niños y los locos no temen la muerte y que es vergonzoso no adquirir por la razón la seguridad que da la demencia.
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El vicio es cosa baja, abyecta, sórdida, servil, sujeta a muchas pasiones crueles. La sabiduría te libertará de esos déspotas molestos que a veces reinan sucesivamente y a veces juntos. Solamente existe un camino para llegar a ella y, como es recto, no puedes extraviarte; marcha, pues, con seguridad.
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Si quieres que todas las cosas te estén sometidas, sométete tú primeramente a la razón: las regirás si la razón te rige; ésta te enseñará lo que debes emprender y cómo podrás ejecutarlo; nada harás por casualidad. No me citarás ninguno que sepa cómo ha comenzado a querer lo que quiere; le impulsó el instinto y no la razón.
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La fortuna nos encuentra con tanta frecuencia como nosotros a ella. Vergonzoso es dejarse arrastrar y no guiarse, y en medio de la corriente de los negocios preguntarse repentinamente con estupor: «¿Cómo he llegado aquí?»
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lo mismo sucede a los maestros que a las semillas: con pocos preceptos hacen mucho, con tal que, como ya he dicho, los reciba mente idónea que los haga suyos. Ésta producirá a su vez y devolverá más que recibió. Adiós.
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es cosa cierta que no se nos entiende bien cuando necesitamos explicar.
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Es propio de ánimo superior despreciar las grandes riquezas y preferir las medianas a las excesivas; porque las unas son útiles siempre y las otras pueden ser perjudiciales por ser demasiado grandes.
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Así sucede a los que no pueden sobrellevar el exceso de su prosperidad y se sirven de ella, no solamente en perjuicio de otro, sino que también en propio daño. ¿Existen, para algunos, enemigos más crueles que sus propios placeres?
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Esas gentes de tal manera se sumergen en los placeres, que habiéndose formado costumbre, ya no pueden prescindir de ellos, siendo tan desgraciados que lo que antes les era superfluo se ha convertido en necesario.
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no existe remedio para el mal cuando los vicios se convierten en costumbres.
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En Homero, la palabra impetuosa que se derrama espesa como la nieve se atribuye al orador, y al anciano se le concede la que es dulce y suave como la miel.
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Los que se pronuncian en público nada tienen de verdaderos; su objeto es conmover a la multitud y arrebatar la creencia de un pueblo ignorante; no soportando examen porque se desvanecerían.
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¿Qué se puede aprender e imitar? ¿qué se puede juzgar siquiera de esas personas que hablan con tanta precipitación y que no pueden contenerse?
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De la misma manera que los que corren cuesta abajo no pueden detenerse y el impulso del cuerpo les lleva más lejos de lo que querían, así esta rapidez de dicción, una vez en movimiento, no puede calmarse; ni tampoco honra a la filosofía, que debe cimentar sus palabras y no arrojarlas al aire, procediendo en todo con orden y medida.
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Pero lo que más me impulsa a inspirarte aversión hacia este defecto es que no podrías caer en él sin perder todo rubor. Porque es necesario no tener frente ni escucharse, para hablar con tal rapidez y decir cosas que después se querría no haber dicho.
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El resumen de todo esto es el siguiente: habla con lentitud.
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La debilidad encubre los vicios de multitud de hombres que no serían menos violentos si tuviesen la fuerza en su mano que aquellos cuya prosperidad pone al descubierto sus defectos. Solamente les faltan medios para mostrar su injusticia.
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Se revela nuestro escaso discernimiento en que solamente creemos comprar aquello que pagamos con dinero y consideramos gratuito lo que pagamos con nuestro cuidado y nuestro trabajo.
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Frecuentemente sucede que pagamos muy caro lo que, al parecer, nada cuesta. Podría señalarte muchas cosas que nos han quitado la libertad después de haberlas adquirido o aceptado; aún seríamos dueños de nosotros mismos si no lo fuésemos de las tales cosas.
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¿Tienes escasa fortuna? tendrás menos cuidados. ¿Tienes escaso favor? tendrás menos envidiosos. Considera las cosas cuya pérdida nos arranca lágrimas y perturba; verás que lo que nos aflige no es tanto lo que perdemos como lo que creemos haber perdido.
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Nadie siente las pérdidas más que en la imaginación. El que es dueño de sí mismo nada puede perder; pero ¿hay muchos que sean dueños de sí mismos?
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El barco que parecería grande en un río sería muy pequeño en plena mar; el timón que sería grande para una nave, sería muy pequeño para otra.
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Tendrás razón para estimarte dichoso cuando puedas vivir en público y que tu casa no te sirva más que para preservarte de la intemperie, pero no para ocultarte; aunque casi todos creen que las casas se edifican antes para la ocultación de los vicios que para la seguridad de los que las habitan.
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Te diré una cosa para que juzgues nuestras corrompidas costumbres: difícilmente encontrarás quien pueda vivir con la puerta abierta. Se establecen porteros, no por lujo, sino por precaución. Vivimos de tal manera que nos sorprende quien nos ve de repente.
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Si tus acciones son honestas, que todo el mundo las vea; si son torpes, ¿qué importa que nadie las sepa si tú las conoces? ¡Pobre de ti si desprecias tal testigo!
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¿A quién puede llamarse noble? A aquel que naturalmente se inclina a la virtud. Solamente a éste se le debe considerar así: si, por el contrario, te fijas en la antigüedad, no encontrarás a nadie antes de cuyo origen no existiese nada.
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Te quejas de no tener bastantes libros. Más importa tenerlos buenos que tener muchos; porque la lectura de un libro especial es provechosa, y la de muchos, solamente agradable.
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nos dejaron por buscar muchas cosas que no encontraron y es posible que hubiesen encontrado lo necesario, de no distraerse con las inútiles.
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¡Cuánto se parece la adulación a la amistad! No solamente la imita, sino que la excede y baja al corazón por los oídos, que le están abiertos siempre, haciéndose agradable hasta cuando hiere. Aprende a distinguir estas falsas semejanzas.
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Si quieres distinguir la ambigüedad de las palabras, muéstranos que no es dichoso aquel a quien llama así el pueblo porque tiene mucho dinero; sino aquel otro que lleva dentro de sí todos sus bienes, que tiene alma grande y elevada, que desprecia todo lo que el mundo admira, que no ve a nadie por el que quisiera cambiarse, que no estima al hombre más que por las cualidades que le hacen digno de este nombre, que no tiene otro maestro que la Naturaleza, que se conforma con sus leyes y que vive como ella ordena, a quien el poderoso nada puede quitar, que convierte el mal en bien, firme en sus juicios, inmutable, intrépido, a quien la violencia puede conmover, pero no turbar; en fin, aquel a quien la fortuna, después de descargarle los golpes más rudos, solamente puede causar pequeña herida, y esto, rara vez.
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Rebajaríamos mucho el nombre de bueno si lo diésemos al pan o a la polenta, o a todas las cosas sin las cuales no se puede vivir. Pero lo que es bueno siempre es necesario, aunque lo necesario no sea bueno al mismo tiempo, en vista de que hay cosas vilísimas que son, sin embargo, necesarias.
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Por esta razón me río de aquellos que sostienen que es cosa indigna comer con el propio criado.
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En otro tiempo, cuando no se les cerraba la boca y se les permitía hablar en presencia del señor y conversar con él, se exponían libremente a todos los peligros y daban su cabeza por salvar la de su amo; hablaban durante la comida, pero callaban en la tortura.
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¿No piensas que ese a quien llamas esclavo procede del mismo origen que tú, goza del mismo cielo, respira el mismo aire, vive y muere lo mismo que tú? Tan pronto puedes verle libre como puede él verte esclavo.
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«Vive con tu inferior como querrías vivir con tu superior». «Siempre que pienses en tu autoridad sobre el inferior, piensa también que la misma tiene sobre ti tu superior».
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No has de buscar amigos solamente en la corte o en el foro, querido Lucilio, porque si miras con cuidado los encontrarás también en tu propia casa.
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Mal haría el que quisiese comprar un caballo en no examinarlo y no mirar más que la silla y la brida; y necio sería también el que juzgase a un hombre por su traje o condición, que es una manera de toga que le reviste.
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Creo que obras perfectísimamente evitando que te teman tus siervos y en no corregirlos más que con la palabra. Muchas cosas pueden corregirse con palabras; lo que nos extraña no siempre nos ofende.
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No puede estimarse dichoso el que solamente se considera a sí mismo y todo lo refiere a su interés; es necesario que vivas para otro si quieres vivir para ti.
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Por esta razón, querido Lucilio, debes desprenderte de esas excepciones y prescripciones de los sofistas. La bondad debe ser franca y clara. Aunque nos quedase mucho tiempo por vivir, habríamos de emplearlo cuidadosamente para aprender lo necesario; y ahora que tan poco nos queda, ¿no es locura emplearlo en aprender cosas inútiles?
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Infinita es la velocidad del tiempo, y se nota mejor cuando se mira hacia atrás, porque el presente escapa a los que quieren considerarlo: tan rápida es su fuga.
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Otro tanto puede decirse de los autores de la dialéctica, pero los que son graves y serios intentan hacer algo importante; los otros no hacen otra cosa que charlar. No digo que no se les mire, pero mirarles solamente y que se les salude desde lejos a fin de que no nos engañen haciéndonos creer que tienen algo de bueno que no conocen todos.
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Inspírame valor para dominar las dificultades y paciencia para soportar los males inevitables; prolonga la brevedad de mis días; hazme ver que la felicidad de la vida no consiste en su duración, sino en su empleo; que suele suceder, que sucede con frecuencia, que el que ha vivido mucho, ha vivido muy poco.
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Si deseo tener un loco para que me divierta, no necesito buscarlo lejos de mí; me río de mí mismo.
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Los ciegos toman un guía; pero nosotros queremos marchar sin guía, diciendo: «No soy ambicioso, pero nadie puede vivir de otra manera en Roma; no soy pródigo, pero la ciudad obliga a muchos gastos. No es culpa mía si soy iracundo y tengo vida desarreglada; la juventud lo exige».
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Nunca se anticipa la perfección a los defectos; desgraciadamente, a todos nos dominan alguna vez.
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Necesitamos olvidar los vicios y aprender las virtudes; pero lo que más debe animarnos para reformar nuestras costumbres es que este bien tan grande, una vez adquirido, se conserva siempre.
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Pero así como las virtudes cuando entran en el alma no salen ya y es fácil conservarlas, así es también difícil dar los primeros pasos para adquirirlas; porque el espíritu débil y lánguido teme ordinariamente aquello que no ha experimentado. Por esta razón es necesario obligarse a empezar.
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Debemos cuidar de alejar de nosotros todo lo que puede inclinarnos al vicio y endurecer nuestra alma, y ocultarle los cebos que le presentan las pasiones.
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El caballo que se ha endurecido los cascos en caminos ásperos, anda bien en todos los terrenos; pero el que ha engordado en frescos prados se estropea enseguida: el soldado más robusto procede de las montañas; los débiles nacen en las ciudades y en nuestras casas.
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¿Por qué no confiesa nadie sus defectos? Porque aún le dominan. Es necesario estar despierto para referir los sueños, y señal de espíritu sano es confesar sus faltas.
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La filosofía dice lo mismo de todo: «No quiero el tiempo que pueda sobraros, sino que tendréis el que yo os conceda».
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¿Qué importa no empezar o concluir, puesto que lo uno y lo otro se reduce al mismo estado, es decir, a no ser?
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¿Qué mérito tiene salir cuando se nos expulsa? Existe, sin embargo, cuando, si bien se me arroja, salgo como voluntariamente.
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Por esta razón no es jamás expulsado el sabio, porque ser expulsado es salir fuera del lugar que no se quería abandonar. El sabio no hace nada a pesar suyo; se libra de la necesidad porque quiere lo que ella le obligaría a querer.
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El ruido que cesa algunas veces me parece más importuno que el que continúa siempre.
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Porque ¿de qué sirve el silencio exterior si las pasiones se agitan en el interior?
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La verdadera tranquilidad solamente se encuentra en la buena conciencia.
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Muchas veces el reposo causa inquietud; por esta razón es necesario hacer algo, ocuparnos en algún ejercicio honesto siempre que la ociosidad, que de sí misma se cansa, nos impulse a cualquier acción mala.
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A los que tienen ocupaciones no les queda tiempo para pensar en placeres: no hay remedio más seguro que la ocupación para dominar los vicios que nacen de la ociosidad.
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Es prueba de espíritu ligero y poco recogido aplicar el oído en cuanto se escucha algún rumor. Es preciso que tenga interiormente algún cuidado, algún temor que le haga tan curioso, como dice Virgilio: «Y yo, que no me movían los dardos arrojados, ni que me rodeasen las falanges de los griegos, tiemblo ahora al escuchar un ruido, por el que llevo y por la que me sigue».
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el que teme perder sus riquezas, que se espanta ante cualquier encuentro, que toma una voz sola por tremendo clamor y que se abate al menor ruido, es un necio que carece de experiencia. Sus talegos le hacen temblar.
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Ten por seguro que gozarás de completa tranquilidad cuando no te afecten todos esos gritos y que no habrá voz dulce o amenazadora que produzca sobresalto a tu alma.
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Porque, ¿qué importa que sea una montaña o una torre la que le aplaste a uno? Sin embargo, encontrarás quien tema más las ruinas de esta última, aunque sean igualmente mortales las unas como las otras: tan cierto es que el miedo considera menos el efecto que la manera con que llega.
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Pero ten por cierto que si el alma sobrevive al cuerpo, no muriendo con él, no puede perecer de ninguna manera: lo inmortal lo es sin excepción alguna y nada puede dañar a lo eterno.
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El nombre del río permanece, pero el agua pasa. Esto se nota más en los ríos que en el hombre, pero no por eso pasamos menos deprisa; razón por la que admiro nuestra demencia por amar tanto cosa tan fugaz como el cuerpo, y por temer tanto morir un día, cuando cada momento hace morir en nosotros el estado anterior. ¿Por qué has de temer que suceda un día lo que diariamente sucede?
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Es, pues, imaginario todo esto y revestido solamente de apariencias que duran determinado tiempo. Nada es permanente y sólido, y, sin embargo, lo deseamos como si hubiese de durar siempre, o como si hubiésemos de poseerlo siempre.
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Las cosas inmortales no necesitan protección; las mortales las mantiene el autor que las hizo y que con su virtud sostiene la fragilidad de su materia.
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El que espera cobardemente la muerte no se diferencia del que la teme; y es ser demasiado beodo beber después del vino las heces.
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Pero la cuestión está en saber si esta última parte de la vida constituye las heces o lo más puro, especialmente cuando el cuerpo no está gastado, y el espíritu y los sentidos prestan su concurso ordinario a las funciones del alma. Porque hay mucha diferencia entre larga vida y larga muerte.
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Por mi parte, no huiré de la vejez, con tal que me conserve todo entero, es decir, toda mi mejor parte; pero si empieza a debilitarse mi espíritu, a alterarse sus funciones, si solamente me deja un alma destituida de razón, abandonaré esta casa al verla arruinada y amenazando desplomarse.
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Dio este nombre a las voluptuosidades y expresó muy bien lo que quería decir; a saber, que los hombres se regocijan de su propio mal.
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¿cómo podrá fortalecerse contra el vicio aquel que no trabaja en ello más tiempo que el que no ocupa en el vicio?
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El mayor obstáculo que encontramos es que, si alguien nos llama varones probos, prudentes y justos, le creemos enseguida y nos complacemos de nosotros mismos.
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todo lo que nos ofrece la adulación más procaz lo recibimos como si lo mereciésemos.
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Cuando se dice que somos perfectamente buenos y sabios, damos razón a quien lo dice, aunque sabemos muy bien que es falso; y tanto amor nos profesamos que queremos se nos alabe por cosas completamente contrarias a las que hacemos.
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«Todos dicen que soy hijo de Júpiter; pero esta herida me hace ver claramente que soy hombre».
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Cuando se nos acerquen aduladores a infatuarnos, digámosles: «Me decís que soy prudente; veo, sin embargo, que deseo muchas cosas que no me son útiles y que podrían perjudicarme si las tuviese; ignoro aún cuánto debo beber y comer, ni cuál es la fuerza de mi estómago y, sin embargo, los animales conocen la fuerza del suyo en cuanto se encuentran saciados».
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Lo que no dio la fortuna no puede quitarlo.
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Vive el que se ocupa de muchas cosas; vive el que usa la vida; pero los que se ocultan y se entregan a la ociosidad, puede decirse que están en su casa como en la tumba.
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Dispongamos, pues, nuestro espíritu a aceptar voluntariamente lo que suceda, y, sobre todo, a que no nos entristezca la idea de nuestro fin. Es necesario hacer nuestros preparativos para la muerte antes que para la vida.
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Se puede despreciar todo, pero no se puede tener todo. El camino más corto para poseer riquezas es despreciarlas.
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¿Quieres saber de qué proceden esas lamentaciones y llantos inmoderados? De que queremos demostrar con lágrimas el pesar que tenemos y manifestar más dolor del que sentimos en nuestro pecho.
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Hagamos de manera que nos sea agradable siempre el recuerdo de los amigos que hayamos perdido.
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Por otra parte, puede creerse que el que amó a uno solo no ha amado a ninguno. Aquel que viéndose despojado de su ropa prefiriese quejarse a buscar algo con que cubrirse los hombros y preservarse del frío, ¿no te parecería necio en alto grado? Ha muerto el que amabas; busca otro a quien puedas amar, porque mejor es reemplazar a un amigo que llorarlo eternamente.
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Ahora considero que todas las cosas están sujetas a la muerte, sin distinción de edad ni tiempo; todo lo que puede acontecer alguna vez, puede acontecer hoy.
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Existen, pues, cinco causas en opinión de Platón: de qué, por quién, cómo, sobre qué y por qué; en fin, lo que proviene de todas estas causas. Como en la estatua de que hablábamos, de qué es el bronce; por quién es el artífice; cómo es la forma que se le da; sobre qué es el modelo que imita el artífice; por qué es la intención del artífice; y lo que proviene de todo esto es la estatua.
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El mundo, según Platón, tiene todas estas causas: Dios es el artífice; de qué está hecho, la materia; la forma es el orden y disposición que la dio; el modelo es el entendimiento de Dios, sobre el que hizo esta gran obra; la causa por qué la hizo, su bondad. Es bueno y todo lo ha hecho bueno; porque el que es bueno no tiene repugnancia a lo bueno; por esta razón lo hizo lo mejor que pudo.
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La felicidad no es ávida como generalmente se cree, sino pequeña; por eso no puede satisfacer a nadie. Crees grande la riqueza porque te encuentras lejos de ella, pero es pobre a los ojos de los que la poseen. Mucho me engaño si éstos no quieren elevarse más; porque lo que tú crees que es la cumbre, no es para ellos más que un grado.
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Los hombres sufren mucho por la ignorancia. Buscan las riquezas como verdadero bien, engañándoles la opinión vulgar; y cuando con mucho trabajo las adquieren, conocen que son verdaderos males o inútiles o más pequeñas de lo que esperaban. La mayor parte admira lo que brilla de lejos y para el vulgo todo lo grande es bueno.
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También se ha dado esta definición: «El bien es todo lo que es conforme con la Naturaleza». Escucha esto que digo: lo que es bien es según la Naturaleza; pero no se deduce que todo lo que sea según la Naturaleza sea bien; porque existen muchas cosas conformes con la Naturaleza que son pequeñas y tan poco importantes que no merecen el nombre de bien.
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Por poco que sea bastará, y si nos falta algo, lo tomaremos de nosotros mismos. Es indiferente, caro Lucilio, no tener una cosa y no desearla. Lo esencial en esto es no lamentarlo.
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¿Qué es más, tener mucho o tener bastante? El que tiene mucho desea más, lo cual demuestra que no tiene bastante; pero el que tiene bastante ha llegado a un punto al que el rico no llega jamás.
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Por esto dijo con tanta razón Horacio: «que la sed no atiende al vaso ni a la mano que la sacia». Porque si crees que no puedes prescindir de que te sirva elegante criado y en hermoso vaso, no tienes sed.
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Nadie puede tener lo que desea, pero todo el mundo puede dejar de desear lo que no tiene y recibir alegremente lo que se presenta.
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No se para a pensar en la superfluidad de muchas cosas hasta que faltan. Nos servíamos antes de ellas porque las teníamos, no porque debíamos tenerlas. ¡Cuántas cosas tenemos solamente porque otros las tienen!
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Así como aquellos que escucharon una sinfonía llevan en los oídos la armonía que les deleitó impidiendo todo pensamiento y meditación seria, así la conversación de los aduladores y de los que ensalzan las cosas depravadas, por poco que se les escuche, persevera mucho tiempo en la memoria.
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No es fácil olvidar una conversación que nos agradó; si desaparece, vuelve por intervalos a nuestra mente. Por esta razón, es necesario cerrar los oídos a los malvados en cuanto empiezan a hablar; porque cuando han comenzado y ven que se les escucha cobran audacia y, al fin, se permiten decir que la virtud, la filosofía y la justicia son nombres vanos que hacen ruido en el mundo, pero que la única felicidad consiste en vivir agradablemente, hacer lo que se quiere y gozar del caudal, esto es, vivir y recordar que somos mortales.
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